lunes, 11 de julio de 2011

La Tiranía de la Sospecha


Todos somos culpables hasta que se nos sospeche inocentes

Cuando José Amable se paraba en la esquina del parque no se limitaba a ver las hermosas piernas de las chicas y tirarle piropos, también recogía y despachaba informaciones.  Algunos lo llamábamos “el radar” por su habilidad de recibir y transmitir chismes y realidades.

“Cada vez que alguien me dice algo,” me dijo él una tarde mientras chupaba el palillo en su boca, “lo primero que pienso es que me está diciendo una mentira, sobretodo si se trata de algo bueno.”  La lógica era única, “nadie es tan pendejo como para ponerse a hacer algo bueno sin esperar nada a cambio,” lo cual sonaba a algo que hubiera dicho Aristóteles o Juan Pablo Duarte.  En fin, José Amable no caía en ganchos y por eso todos lo veíamos—y lo criticábamos—por ser el almacén de verdades y de mentiras más grande del pueblo.

La sospecha es una cualidad con la que nacemos todos los dominicanos.  Cuando un bebé dominicano nace y comienza a gritar sus chillidos se traducen fácilmente.  Cuando mira a la mama los gritos dicen “a tí te conozco,” pero cuando viene el papá los gritazos parecen decir “¿y quién carajo eres tú?”  Desde recién nacidos somos sospechosos y es por eso que le tenemos sospecha hasta al doctor que facilitó el parto.  “¿Y tú no crees que ese anda detrás de lo suyo?”  Esa es una frase común.  Nadie hace nada bueno sin interés, todos tenemos gato entre macuto y hasta el más serio o la más seria tiene muchas confesiones que hacer ante tres velas prendicas y de rodillas.

Cada pueblo tiene veinte José Amables, por lo menos uno en cada barrio, son los tipos dedicados a traer y a llevar, encargados de asegurarse de que las sospechas nunca se acaben.  Si fulano construye algo “eso e’ dinero sucio, ya tú sabe’ de qué”, si sutana se va para la capital de vacaciones “se la llevaron pa’ sacarle el muchacho”, si mengana pierde 20 libras de peso “eso e’ porque el marido le’ta dando golpe.”

Y pobre del santito recién converso de la iglesia evangélica, “le doy una semana pa’ que vuelva de faldero.”  Los José Amables no tienen verguenza, no tienen respeto; pero, sin duda alguna, “cuando el río suena es porque agua trae” y detrás de cada sospecha puede que haya algo de verdad.   

Por eso es que todos somos culpables de algo, hasta que alguien sospeche que somos totalmente inocentes.

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