viernes, 18 de diciembre de 2020

Palabras Nunca Dichas

 



“Yo sé que nunca fue amor”, me dijo Luis con esa profunda y dolorosa convicción que sólo el mucho pensar provoca.  Sus ojos se veían claros, una sonrisa a medio acabar se cruzaba entre labios y ojos, pero no era una sonrisa de felicidad sino una sonrisa de conformidad, de paciencia y, quién sabe, hasta de rencor.  Obviamente había pensado mucho y ampliamente sobre lo que me compartía mientras nos tomábamos una fría en la playa.

“Pero pasaste mucho tiempo con ella según entiendo”, le dije yo, no tan seguro de si debía ahondar en sus sentimientos a flor de piel.  “¿Cómo es que ahora piensas que no te quería?”, le pregunté sin saber a penas por donde encauzar una conversación que ya me daba mucho pesar.  No sé si lo que veía en los ojos de Luis era dolor, pero ciertamente no era felicidad.  Me incomodaba verlo con esa vista larga plasmada sobre el mar y de cara a la leve explosión  de las olas sobre la arena.

Los hombres generalmente no confesamos nuestros sentimientos, ni de satisfacción ni de pesar, escondemos muy bien nuestras inseguridades y torpezas.  Es mejor así porque hemos sido criados para aguantar todo, sufrirlo todo, burlarlo todo y dejar ver que nada nos impacta ni nos afecta.  Los hombres llevamos sobre nuestros ojos la maldición del engaño propio, a diario nos decimos que nada nos afecta, aunque nos destroce a pedazos.  Y cuando se trata de amor, el peso del engaño propio es mucho mayor.

Luis pausó para mirarme y luego descansó su vista sobre sus manos, colocadas abiertas sobre la mesa como un perrito coloca las patas esperando que su dueño le dé una caricia.

“¿Sabes cómo lo sé?”, me pregunta ávidamente.  Y entonces me relata lo que sin duda alguna fue el resultado de una exploración interna profunda, como si estuviera escarbando la tierra y evitando cortar en dos a los gusanitos.  Su relato es digno de un libro de texto de un sicólogo:

 

“Después de varias veces de estar con ella me di cuenta de sopetón que faltaba algo.  Ese algo lo seguí sintiendo en otras ocasiones en que estuvimos juntos.  Tú sabes, Franco, he tenido muchas experiencias con mujeres, con novias, con amantes, con encuentros pasajeros.  Hasta de mi ex-esposa podía decir lo mismo.  Cada una de ellas y casi sin excepción me decían, me susurraban, me suspiraban, me secreteaban, me confesaban, me compartían, me regalaban en gestos y palabras lo que ellas sentían estando conmigo.  Pero no cualquier palabra, sino algo muy personal, muy íntimo.  Sus confesiones reflejaban el toque íntimo no sólo del placer sino del encuentro.  A veces era algo sobre mi piel, cómo les encantaba mi color, mi tono, mi mezcla.  Me decía que les encantaba mi cuello, las curvas entre hombro y cabello, no se cansaban de besarlas.  Otras veces hablaban de mis ojos, que se perdían totalmente al mirarlos.  Que se engranojaban al disfrutar del encaje novedoso de mis cejas, de mis largas pestañas, de mis ojos.  Otras no cesaban de tocar mi nariz de arriba abajo, algunas acariciaban mis labios, corriendo sus dedos de izquierda a derecha hasta hacerme reir por las cosquillas que provocaban.  Otras levantaban mis brazos para oler mis axilas, para hacer correr sus dedos desde mis muñecas hasta mi cintura.  Otras enredaban sus dedos en el pelo de mi pecho.  Y otras no podían aguantar tomar mis orejas en sus labios o lamer mis ojos con su lengua húmeda y apasionada.  Siempre me preguntaba sobre lo que sentían, siempre me sentía profundamente agradecido—aunque de manera inconsciente—por la valoración de sus palabras, de su labios, de sus manos, de sus miradas y, más que nada, por ese repetido suspiro que uno escucha cuando sabe que la amante ha descubierto la fuente de su satisfacción y de su placer.”

Bueno, yo no sabía si ese relato se trataba de un cuento erótico o de una fantasía de las mil y una noches.  Pero yo, absorto escuchando el relato, también me daba cuenta de que Luis posaba sus ojos sobre esa distancia eterna entre un recuerdo y otro y que muy dentro de sí había entendido lo que no estuvo presente en esa relación con Elena.


“Nunca me dijo nada de ese tipo de cosas, Franco, nunca.  Esas palabras nunca las dijo.  En sus ojos nunca vi esa comunión de su corazón con mi cuerpo. Parecía como si yo era simplemente el objeto de un momento, o quizás el interés de algo que podía darle, pero nunca sentí que ella estaba realmente allí o que me sentía a mi.  Era como estar del otro lado de un vidrio, mirando pero sin poder tocar la carne viva.  A veces me sentí usado, no sólo en mi cuerpo sino también en mi espíritu.  Mi entrega no era apreciada, mis detalles no eran vistos, vivía en otro mundo.  Esa conexión entre su corazón y el mío no existió nunca de su parte.  De parte de ella nunca hubo aprecio por mis ojos, mis labios, mis orejas, mi pecho, mi carne, mi color, mis atenciones, mis delicadezas, mis sutilidades.  Cumplíamos con la mecánica del amor de muchas formas, pero nunca sentí que lo que había vuelto locas a las demás era parte de lo que ella también sentía.  Por eso, al poco tiempo, me di cuenta de que no, de que realmente yo no era gran cosa para ella, de que era sólo un pasar de tiempo, un capricho quizás, algo diferente en su rutina de muchos otros cuerpos y de muchas otras emociones, pero nada más.”

“Luis”, le dije, “yo sé que lo has pensado mucho, pero te confieso que siento envidia por todo lo que me dices, por lo que me compartes, me parece verte en ese espacio secreto y oculto a los demás, a los momentos compartidos con Elena.  No sé si entiendo todo lo que me dices.  Compartieron mucho, Luis y estoy seguro que Elena también sentía muchas cosas contigo, de otra forma cómo podía hacerlo, Luis, por Dios”.  La verdad que no sé por qué sentía como que defendía a Elena, quizás no creía posible que mi apuesto amigo se sintiera así, quizás realmente no comprendía porque en mis adentros sabía que a mi ninguna mujer me había hablado ni expresado lo que habían dicho y hecho con Luis.

“Lo que más me satisface es que sé que todo lo que dí y compartí fue de muy adentro.  Y lo que más me disgusta es la debilidad de haber deseado un imposible.  Elena me enseñó mucho, Franco y lo más poderoso que aprendí es que no se puede dar lo que no se tiene.  Ella no sintió amor por mi, Franco, simplemente no lo tenía o no lo sabía, o no lo quería dar, o sus necesidades y hábitos eran tan fuertes que no había espacio para más.”

Ahora me parecía a mi que Luis la excusaba, o quizás la perdonaba.  Pero más que nada Luis me hizo pensar en los desaciertos del amor robado, del amor imaginado, del amor incierto, del amor equivocado, del amor a medias.  “Me atreví a dejarme enamorar”, me confiesa Luis y ahora me doy cuenta que parte de lo que Luis sentía era por la agonía intensa de haberse abandonado a un amor que no pudo controlar, que no le pertenecía y que no fue recibido como él lo deseaba.  Su amor se convirtió en un permanente desamor, como una cascada que en lugar de caer al plácido río simplemente se pierde en el aire para nunca verse, ni sentirse.

“Luis”, le dije, “es tiempo de dejar pasar las cosas, ¿no te parece?”

“Sí lo es”, me contestó, “pero me queda el sentimiento de que ese amor que sentí nunca perecerá, que seguirá conmigo en el lugar que le pertenece, con la intensidad que descubra en cada recuerdo y con el dolor de cada desencanto y de cada traición”. 

Luis y yo nos quedamos absortos por un momento.  No sé lo que pensaba él, pero yo me preguntaba cómo sería amar así, cómo sería sentirse así desengañado, cómo es que la gente se mete en situaciones tales.  Porque en lo que a mi respecta, ya no creo en nadie, me he dado tantas veces y me he abierto tantas veces al dolor que ya no me puedo abrir al amor.  No señor, para nada, para nunca y para siempre.  Sentía envidia por todos los goces y valoraciones que recibió Luis, pero hoy yo estaba ganando.  Yo, el duro, el de corazón de concreto, al que nadie ni nada lo altera, yo me siento limpio, indoloro, incoloro, insaboro porque a mi corazón no le entra ni una uva, ni una manzana, ni un melao, ni un ruiseñor.  No señor, mi corazón está duro como una piedra y Luis me acaba de enseñar que es mejor así.


martes, 21 de julio de 2020

Espalda



No hay nada más bello

Que tu espalda

Tan llena de melodiosos tonos

Tan ávida de ser

Tocada
Besada
Admirada
Coqueteaba
Suspirada
Abrazada

O, simplemente,

Contemplada.

Mis ojos no alcanzan
Para tan intrépida superficie
Mis manos no bastan
Para cubrirla de toques
Mis labios se quiebran
Llenándola a besos
Mis oídos explotan
Ante la sinfonía de tus suspiros
Al tocar el suave cáliz
De tu espalda

Me puedo quedar sin nada
Absolutamente sin nada
De ti
Ya sea por dentro
O por fuera
Por arriba
O por abajo
De frente
O de costado

Pero no me dejes sin tu espalda

Sin tu espalda
No abriría mis ojos a la luz
De una mañana somñolienta

Sin tu espalda
No podría besar tus senos
Rozar tus labios

Sin tu espalda
De que vale rozar tus cabellos
Retorcerme en tu cuello

Sin tu espalda
Ya no sería yo
Sino tú
perdida en mis recuerdos
De esa curva

Larga
Grave
Hipnotizante
Embrujante
Crujiente
Elástica
Juguetona
Coqueta

El subi-baja de mis anhelos
Se esconde a luces
En El perfil secretamente bullicioso
De La huella que tu cuerpo deja
En mis dedos

miércoles, 6 de mayo de 2020

Ojalá


Soliloquios—17
Por José R. Bourget Tactuk




A las dos semanas de decidir divorciarnos decidimos salir a caminar por el bosque solitario cercano a la casa.  Estábamos en pleno invierno, el lago congelado era un fiel reflejo del estado de nuestra relación.  La nieve crujiente sonaba diferente como amagues de calma en medio de la tormenta.  Caminamos por los senderos hechos, por senderos nuevos, entre árboles, entre memorias, sueños y dolores.

Antes de salir por el sendero estacionamos el carro en el punto más lejano a la entrada.  Llevado por el impulso antes de salir puse un CD de Silvio Rodríguez y escogí la canción “Ojalá”. 

“Ojalá que las hojas no te toquen el cuerpo cuando caigan
Para que no las puedas convertir en cristal
Ojalá que la lluvia deje de ser el milagro que baja por tu cuerpo
Ojalá que la luna pueda salir sin ti
Ojalá que la tierra no te bese los pasos

Era una de sus canciones preferidas, pero esta vez no me buscó la mano para apretarla, no buscó mis hombros para cantarme al oído, no suspiró al recuerdo de las entonaciones del baladista.

“Ojalá se te acabe la mirada constante
La palabra precisa, la sonrisa perfecta
Ojalá pase algo que te borre de pronto
Una luz cegadora, un disparo de nieve
Ojalá por lo menos que me lleve la muerte
Para no verte tanto para no verte siempre
En todos los segundos en todas las visiones
Ojalá que no pueda tocarte ni en canciones

Lloró.

Retiré mi vista para no escuchar sus lágrimas.  Ella cerró sus oídos para no ver las mías.  Ambos repletos del entendimiento de lo imposible de nuestro amor, de causas y quejas, de conflictos y malentendidos, de pruebas y castigos, de suspiros, sollozos y esperanzas quebrantadas por las realidades creadas e imaginadas.

Cuán fácil es comenzar un amor y cuán duro es terminarlo.  Por lo menos cuando se amó.

Salimos a caminar, quizás esperando que ese frío helado congelara para siempre cualquier sentimiento que pudiera quedar entre nosotros, sabiendo que se tardaría toda una vida para que se derrita lo que ya se congeló.  Marchamos a sabiendas que no había retorno hacia la primavera aquella en Chicago cuando el abrazo era tan fuerte, los besos tan ardientes, las miradas tan pacientes y hacer el amor era como beber agua después de una eternidad en el desierto.  No nos cansábamos de nada y todo nos llenaba hasta lo más recóndito de nuestro ser.  Ahora, rodeados de esa inmensa blancura y anestesiados por el frío incontrolable, no había energía para las memorias de primavera, sólo teníamos la realidad cruel de un frío crujiente afirmando el fin del amor que hasta hacía poco nos amparaba. 

¿Por qué perdimos el amor?  Después de hacer la pregunta tantas veces obviamente ya no era una queja, era más que una letanía, era un discurso elocuente atrapado entre hacer el amor y pelearnos.  Triunfaron las peleas, sembraron suficiente dolor para que ya al hacer el amor no hubiera placer, ni deseo, ni descanso.  Y al ausentarse el toque de nuestros cuerpos con ello se fue el tomarnos de manos, el abrazarnos, el juguetear, el mirarnos frente a frente, el llamarnos por teléfono, el compartir notitas, el hacerle el desayuno, el ir de compras juntos, el compartir la lectura antes de irnos a dormir, el bañarnos juntos, el ir al cine juntos, el caminar juntos, el cocinar juntos, el reir juntos y, finalmente, el estar juntos.

Todo terminó.

No fue tan sencillo como suena y algún día lo entenderé todo.  Simplemente dejamos de luchar, nos convencimos de que era lo mejor, terminando como terminan los grandes amores, sin bombas ni platillos, sin insultos ni golpes, sin derroches de quejas y sin memorias infelices.  Simplemente el amor prometido y repetido tantas veces se nos coló entre los dedos para desaparecer en el aire o en la tierra.  Pasé muchos días sin poder fregar, porque cada vez que veía al agua tragada por el desague me acordaba de la torpeza de nuestra pérdida.

No sé si otros amantes perdidos recuerdan las cosas como las recuerdo yo.  Por dos o tres semanas compartimos la casa, la cocina, las instrucciones básicas de una convivencia común que ya no era la de estar juntos en el mismo espacio, hasta que salí por la puerta para no volver más. 

Muchos días después, semanas después, meses después, me preguntaba qué hubiera sucedido si en lugar de decir que ya no se podía más hubiera dicho otra cosa.  No sé qué.  Pero el tiempo crea razones para todo, cura todo, previene todo, oculta todo y, al final, todo lo justifica.  Fue lo mejor, me convencí a mi mismo.  Estoy seguro que ella hizo igual.

Orgásmico


Soliloquios—16
Por José R. Bourget Tactuk



A juzgar por lo que se ve en Las Terrenas, los dominicanos somos tremendas maquinarias sexuales al punto de que podemos seducir, conquistar y satisfacer a todos los gustos, personas y deseos. Como me decía una amiga extranjera, parece que los dominicanos (hombres y mujeres) todavía "cuelgan de los árboles" por su aparente animalismo—esa mezcla imperfecta de sexualidad primitiva y avasalladora, lo cual nos trae al tema del orgasmo.

Pues bien, todo hombre sabe—o se imagina—que el orgasmo es lo máximo, la cumbre del encuentro sexual, lo que más anhela, lo que más busca y también la medida de su hombría, de su valor social ante los demás hombres y de su valor propio (¡Dios mío, cuán engañados estamos!). Muchos miden su hombría por el nivel de placer y cantidad de orgasmos recibidos y cuando buscan a una mujer para obtener placer sexual juzgan el valor de la misma en base a su capacidad para proporcionales un orgasmo, u orgasmos, realmente extraordinario.

Las mujeres…bueno, eso es diferente. Como lo sabe toda mujer no siempre se llega al orgasmo y hay muchas que nunca lo han experimentado. Algunas esposas ven el orgasmo de su esposo como una obligación que hay que proporcionar, pero no necesariamente como algo para ellas. Muchas mujeres, al entrar en relación física con un hombre, también buscan recibir el mismo placer, sobretodo si ese hombre cumple con la imagen de ser alguien prodigioso, físicamente generoso y bien dotado y cumple con su función de proveedor sexual temporal (como en el caso de algunas de nuestras visitantes extranjeras al requerir los servicios de algunos sankipankis locales).

Pero la sexualidad en las mujeres es algo más compleja porque, como lo sabe toda mujer, en la mayoría de los casos el placer sexual—y sensual—no es siempre tener un orgasmo y ese mismo placer no siempre tiene que estar ligado a lo físico sino al entorno general de la relación con su pareja. Una cosa es tener una "sesión" o dos en que se quitan todos los tapujos y frenos y otra es la relación sexual y sensual a largo plazo. Además, las mujeres se someten (¡involuntariamente!) a un proceso de socialización que menosprecia su sexualidad, poniéndola por debajo de la del hombre y al servicio de ellos. Una mujer "buena" no puede ser "sensual" porque lo sensual y lo sexual son generalmente calificados como "malo", "sucio" e "impropio." Muchas veces al tener una relación íntima con el hombre la mujer tiene que tratar de poner a un lado todas esas imágenes negativas en su cabeza. A veces lo logra, a veces no. Además, para muchas mujeres el placer sexual se limita a actividades juzgadas "aceptables" dejando poco espacio para la variedad, la improvisación o la creatividad de ambas partes.

Yo pienso que a muchas mujeres les agradará saber que hay lugares en el mundo donde no todo se somete a la descripción varon-céntrica descrita al inicio. Un caso bien notable es el de la isla Mangaya, en la Polinesia (Pacífico Sur) donde las mujeres alcanzan dos y tres orgasmos ¡por coito! ¡Válgame Dios! ¿Cómo es posible? Bueno, en esa sociedad, a diferencia de la nuestra en que el placer del hombre es el centro, el satisfacer sexualmente a la mujer es la principal responsabilidad del hombre. Al llegar a la pubertad, los 12 o 13 años, los varones mangayos deben pasar por ciertos ritos de iniciación que les va a permitir aprender cómo complacer a las mujeres. Ciertas mujeres adultas se prestan para enseñarles sobre la anatomía femenina y también sobre la manera de provocar el mayor nivel de excitación y placer en la mujer. Es tanto así que en base a ese entrenamiento se espera que cada mujer mangaya obtenga por lo menos un orgasmo durante las relaciones sexuales y el varón que sea incapaz de dárselo es desterrado socialmente de la comunidad.
¡Imagínese eso!

Eso nos presenta con ciertas implicaciones. Primero, que no es que las mujeres mangayas están mejor dotadas en sus clítoris o úteros, ni que los hombres están mejor dotados en su penes. Es realmente un asunto de técnica. Segundo, que en cuanto al entrenamiento sexual del varón si los hombres se encargan del mismo terminarán machistas, egoístas y—principalmente—inadecuados para garantizar el placer sexual en sus hembras. Tercero, los hombres son, por regla natural, no sólo malos maestros sino también malos practicantes, con la única bendición de que sus hembras, con el fin de preservar el frágil ego masculino, no les dicen la verdad sino que los hacen que se sientan machos, complacientes y complacidos.

Después de las dos o tres semanas de entrenamiento a manos de mujeres que saben más de la anatomía y sicología femenina que cualquier médico especialista occidental, los varones mangayos también aprenden que el proporcionar placer a la mujer no es por simple gratificación de la misma, sino que es una necesidad en la mujer (¡ofrézcome!). Claro está, nosotros en el Occidente estamos desprovistos de una vision sagrada y sensualmente erotica de la sexualidad, limitándonos mayormente a lo físico y a lo mecánico. Pensar diferente sobre la sexualidad implicaría tener que aprender todo de manera diferente. La ausencia de un kamasutra, o de un tantra, en nuestro medio socio-cultural nos impide ver al orgasmo más allá del coito y por eso no aprendemos más sobre lo sagrado y lo creativo en la función sexual, a diferencia de otras culturas, incluyendo muchas culturas indígenas como la mangaya, en que lo sexual es una celebración abierta, natural y constante de lo físico, lo emocional, lo espiritual, lo anatómico, lo social y lo cultural.

Nótese que el tener muchos orgasmos no es necesariamente la medida de una sexualidad satisfactoria y creativa. Lo que realmente importa es la manera en que se visualiza la sexualidad. Visualizar nuestra sexualidad nos presenta con ciertos problemas. Por ejemplo, una dominicana recientemente me dijo que su hombre tiene que complacerla dos o tres veces al día (¡diache!) y que por eso ella nunca se aparearía con un extranjero "flojo." Me alegró mucho oir a otras dominicanas que inmediatamente revelaron que esa chica estaba un poco "chiflada" o se trataba de una ninfómana. Al mismo tiempo revelaron que a veces no es tanto experimentar el orgasmo sino el estar con su pareja, comfortablemente satisfechos, los que le proporciona ese sentido de franco placer. Aunque por dentro revelaron tener un "algito" de que sí, caramba, por lo menos un orgasmo cada vez sería maravilloso aunque no tendría que ser necesariamente uterino o clitorino (donde se concentran, lamentablemente, muchos médicos, sexólogos y terapeutas occidentals).

El orgasmo es bueno, justo y necesario, pero para llegar ahi y para llegar ahi asiduamente hace falta una concepción diferente de la sexualidad, una en la que tanto hombres como mujeres reaprenden ciertas cosas indispensables.

Mujeres, la próxima vez que su amante le pregunte "¿cómo estuve querida?" Respóndale, "bueno, amor, ¿sabes que hay una islita en el pacífico sur donde…?"

El Armario de María Leticia


Soliloquios—15
Por José R. Bourget Tactuk



Cada casa tiene un armario cargado de cosas.  Encima del armario hay cajas, paquetes, polvo y cosas pendientes.  En el estante dentro del armario hay más cajas, sábanas, toallas, unos chelitos escondidos y algunos recuerdos especiales que nos causan alegría y quizás algún que otro pesar.  Colgados del palo central tenemos vestidos, pantalones, camisas, trajes y las cosas que algún día quizás nos vuelvan a servir.

       En el estante de abajo hay zapatos, carteras, bultos que guardan quién sabe qué y allí detrás, en la esquinita derecha, hay una latita de metal con unos papelitos secretos y hasta con unos cuantos pesos para cuando se apriete la cosa.

       El armario está colocado en un esquina de la habitación, tiene años que no lo movemos, por lo que no sabemos las telarañas que pueda tener colgado en la parte de atrás.  Como todas las cosas que no movemos a diario lleva dentro de sí, por arriba y en los lados, el peso de cosas visibles y cosas ocultas.  Cuando hay algo que no queremos ver lo tiramos dentro del closet, cuando hay algo que tenemos que resolver lo ponemos encima del closet, para que no se nos olvide.

       Algunos armarios están trancados con llave.  Los armarios con llave se usan para guardar dinero o porque tienen cosas adentro que no queremos que nadie vea.  La mayoría de nuestras casas son democráticas, entrán gente invitadas y también las “presentá,” las que llegan sin avisar y las que están dispuestas a todo.  A veces hay una autopista sin límite de velocidad entre la puerta de entrada a la casa y nuestra habitación y como siempre hay cositas que preferimos que ni mami, ni mi hermana, ni mis vecinas sepan le ponemos candado al armario y así nos sentimos más tranquilas.

       Todos nos acordamos de ese momento de nuestra niñez cuando abrimos el armario de nuestras madres y descubrimos “tesoros” inesperados.  Mi tía Rosalia había estado casada con Luis Alejandro por 18 años y su hijita María Leticia de 4 años abrió la puerta del armario y después de tirar un montón de ropas al piso descubrió la foto de Roberto Pérez, su amor de secundaria, el de toda su vida, el que la hizo mujer y el que le amargó la vida hasta ese día. 

       María Leticia miró la cara de su mamá cuando ésta entró al aposento y escandalizada vió lo que había sucedido.  En ese momento con su carita de angelita inocente la niña le preguntó a su mami “¿e’te mi papi, mami?”  Hasta el día de hoy María Leticia recuerda el jalón que le dió su madre, también se acuerda porque de ese jalón María Leticia chocó con el espaldar de la cama y se hizo una cortada en la ceja derecha.  El sangrero fue otro recuerdo de su niñez y la cicatriz la tiene María Leticia hasta el día de hoy, cuando ya está casada y tiene su propio armario. 

       Me pregunto si María Leticia tiene alguna foto escondida en ese armario, la foto de nosotros dos besándonos bajo el cocotero aquel, una foto que su niña de 3 años, Rosaly Altagracia, encontrará algún día.

Sospecha


Soliloquios—14
Por José R. Bourget Tactuk





Todos somos culpables hasta que se nos sospeche inocentes

Cuando José Amable se paraba en la esquina del parque no se limitaba a ver las hermosas piernas de las chicas y tirarle piropos, también recogía y despachaba informaciones.  Algunos lo llamábamos “el radar” por su habilidad de recibir y transmitir chismes y realidades.

“Cada vez que alguien me dice algo,” me dijo él una tarde mientras chupaba el palillo en su boca, “lo primero que pienso es que me está diciendo una mentira, sobretodo si se trata de algo bueno.”  La lógica era única, “nadie es tan pendejo como para ponerse a hacer algo bueno sin esperar nada a cambio,” lo cual sonaba a algo que hubiera dicho Aristóteles o Juan Pablo Duarte.  En fin, José Amable no caía en ganchos y por eso todos lo veíamos—y lo criticábamos—por ser el almacén de verdades y de mentiras más grande del pueblo.

La sospecha es una cualidad con la que nacemos todos los dominicanos.  Cuando un bebé dominicano nace y comienza a gritar sus chillidos se traducen fácilmente.  Cuando mira a la mama los gritos dicen “a tí te conozco,” pero cuando viene el papá los gritazos parecen decir “¿y quién carajo eres tú?”  Desde recién nacidos somos sospechosos y es por eso que le tenemos sospecha hasta al doctor que facilitó el parto.  “¿Y tú no crees que ese anda detrás de lo suyo?”  Esa es una frase común.  Nadie hace nada bueno sin interés, todos tenemos gato entre macuto y hasta el más serio o la más seria tiene muchas confesiones que hacer ante tres velas prendidas y de rodillas.

Cada pueblo tiene veinte José Amables, por lo menos uno en cada barrio, son los tipos dedicados a traer y a llevar, encargados de asegurarse de que las sospechas nunca se acaben.  Si fulano construye algo “eso e’ dinero sucio, ya tú sabe’ de qué”, si sutana se va para la capital de vacaciones “se la llevaron pa’ sacarle el muchacho”, si mengana pierde 20 libras de peso “eso e’ porque el marido le’ta dando golpe.”

Y pobre del santito recién converso de la iglesia evangélica, “le doy una semana pa’ que vuelva de faldero.”  Los José Amables no tienen verguenza, no tienen respeto; pero, sin duda alguna, “cuando el río suena es porque agua trae” y detrás de cada sospecha puede que haya algo de verdad.   

Por eso es que todos somos culpables de algo, hasta que alguien sospeche que somos totalmente inocentes.

La Tirana (La Vida es Tirana)


Soliloquios—13
Por José R. Bourget Tactuk




Le he dicho a mis hijos (y a mi querida esposa) que no hagan planes conmigo para después de los 75 años.  No veo necesidad en estos momentos de vivir más.  Setenta y cinco años son más que suficientes para vivir castigando este mundo.  Es mejor crear espacio para otra persona.  Ellos me dicen que no debiera hablar así y que no tengo derecho a privarlos de mi presencia como si sus sentimientos o deseos no importaran.  Yo les digo que a mi no me interesa vivir jodiendo a otros estando en el medio por tanto tiempo, que me estén cambiando pañales y que tengan que soportarme enfermedades y testarudeces propias de la edad.  Hablan como si uno tiene que sujetarse a la obligación de vivir porque eso es así.

La vida es realmente una tiranía, una obligación a veces incómoda a veces placentera, como un camino cuya dirección a veces es clara y a veces confusa, pudiendo uno escoger ir a la derecha o a la izquierda, pero siempre terminando en algún destino esperado o inesperado.  Al fin de cuentas, vivir no es solamente el camino sino el trayecto, como lo decía el poeta español Antonio Machado convertido en hermosa melodía por el cantautor español Joan Manuel Serrat, ¨caminante no hay camino, se hace camino al andar.¨

La tiranía de la vida crea dos obligaciones inevitables, una hacia uno mismo y otra hacia los demás.  Son obligaciones que empiezan en el momento de la concepción, cuando ya la madre y el padre comienzan a crearse expectativas y a hacerse dueño de nuestros cuerpos, nuestras mentes y nuestros corazones. ¨Es MI hija¨, ¨YO te crié¨, ¨me debes la vida¨.  Tantas obligaciones son asfixiantes y continúan hasta la muerte, cada año pesando más y más sobre nuestros hombros.  

Bueno, no solamente hay que rendirle tributo a las obligaciones hacia padres y familiares, uno también tiene obligaciones hacia uno mismo: cuidarse, mantenerse saludable, cepillarse los dientes, comer, estudiar, vestirse, sentir y dar placer, respirar, pensar y hacer de nuestras psicosis algo que trabaje a nuestro favor y no en contra.  Es esa obligación lo que nos hace ser los seres vivientes más egoístas sobre la faz de la tierra, porque amparados bajo la tiranía de vivir nos la pasamos asegurando que podamos tener más que los otros y hasta mejor.  Robamos, mentimos, matamos para asegurarnos de cumplir bien la suprema obligación de serle fiel a nuestras propias vidas, y a veces robamos, mentimos y matamos para serle fiel a nuestras obligaciones hacia los demás.

El que está muerto no tiene obligación de nada, ni a sí mismo ni a los demás.  La muerte es la suprema libertad, creando un hueco inmenso que sólo lo llena el vacío de la nada:  cero sentimientos, cero ambigüedades, cero dolor, cero placer, cero obligaciones, sólo el cojoyito de un recuerdo olvidado en las memorias de aquéllos que nos conocieron en vida.

Algunos de nosotros que vivimos bajo el amparo de la belleza imponderable de este terruño terrenero se nos hará más difícil sepàrarnos de las obligaciones de vivir porque Las Terrenas es un ambiente liberante, repleto de francas libertades con sus paralelos libertinajes y muchos vienen aquí simplemente para sentirse libres de hacer lo que les venga en gana, dejando atrás las rigideces creadas por leyes, por familiares, por sociedades, por uno mismo.  Aquí, en estas cuatro esquinas, se puede amar, gozar, bailar, disfrutar, sufrir, llorar, ganar, perder, ayudar o joder y muchos vienen aquí queriendo vivir no solamente 75 años sino 100 y mucho más.

El peligro de vivir en Las Terrenas lo crea la imperiosa necesidad de disfrutarlo todo y, con ello, esclavizarnos bajo la tiranía de una vida sensual, bacanal, festinando nuestras energías en completo desenfreno.  Ahora que lo pienso, quizás debo cambiar y en lugar de cesar mi existencia a los 75 años continuarla hacia los 100, siempre y cuando sea bajo el imperio indescriptible y apabullante de una orgía festinalmente sensual como sólo lo sabe ofrecer nuestro terruño terrenero.

Tu Bella


Soliloquios—12
Por José R. Bourget Tactuk





Hola Marcos:
            Te escribo esta carta porque, francamente, a esta altura del juego ya no sé qué más hacer.  Cuando varios meses atrás me prometiste el cielo y la vida no te tomé en serio porque, ¿a quién se le ocurre ofrecer tales cosas?  En tus ojitos verdi-azules noté ese tono ensoñador de los que saben muy poco de la vida, o sea, de la vida que vivimos aquí.  Yo sé que conoces de la vida, después de todo no naciste ayer y, de hecho, tienes más años que yo.  Pero mi vida ha sido dura, muy dura, muy pobre, muy jodida, lo que me hace una persona menos confiada, más cuidadosa y menos soñadora.

            Esto no quiere decir que no tenga mis sueños y mis decepciones. Me acuerdo de las muchas veces que me quería ir, lejos de ti, de tus abrazos, de tu salamería, de la melcocha de tus besos espantados por el calor del mediodía sobre sábanas que no aguantaban un sudor más.  Después de esos momentos de estupor, de verte bajo el peso de mi cuerpo suspirando vanamente los placeres con los que te engañaba, terminaba volviendo mi rostro hacia la pared para no ver más en tu rostro la satisfacción que a mi misma me hastiaba.  Hubiese querido que fuese “mi primera vez” con un enamorado, pero no, Marcos, ya han sido cinco, séis, diez, o más y tú tampoco has podido marcar sobre mi cuerpo la herida mortal del amor para siempre. 

            No me siento culpable porque no te he dejado solo, porque cada noche que vengo donde ti me entrego, siguiendo melodiosamente tus caricias y comportándome como el cocotero del patio bajo la brisa, extendiendo mis brazos para acompañar el movimiento incansable de tus labios sobre mis pechos.  Confiesas que tengo la piel más dulce y más suave que jamás hayas conocido.  Ay, mi Marcos, te puedo llevar a cualquier barrio en Las Terrenas y vas a descubrir que en cada calle hay veinte o trenta chicas como yo, cada uno prometiendo piel de melao y suavidad de seda entre pecho y pecho.  ¿A quién quieres engañar?  Será a ti mismo, porque hace años que a mi ya no me engaña nadie, ni siquiera el padre de mi hija quien fue el primero que me enseñó que no hay tal cosa como  una mentira amarga.  Todas son dulces, las que te dicen al oído o en los callejones, en susurros o en maldiciones.  Hasta los engaños repetidos cada noche son endulzados con melao aunque al amanecer tengan sabor de trapo viejo en la boca.

            Marcos, Marcos, párate ahí, devuélvete, móntate en la guagua y súbete en el avión.  Regresa a tu país, llévate en tus maletas el recuerdo que creaste para satisfacer tus propias fantasías.  De aquí no me saca nadie, ni sueños ni promesas, ni yola ni Yolanda, ni dólares ni Dolores, ni visas ni Euros.  Cuando llegues allá mirarás atrás y pensarás en mi.  Sí, eso lo sé, carajo, porque hice lo imposible para que no te olvidaras de mi, de mi piel ni de mis senos, de mis entrañas ni de mis abrazos, de mis risas ni de mis placeres, los que son fórmula macabra, embrujadora, marcándote para siempre con el veneno mortal de recuerdos imperecederos.  
Concepto de pasión, mano femenina que rasguña la espalda masculina ... Se te caerán los dientes, Marcos, y todavía pensarás en mi, en el sudor inagotable de cada amor que hicimos en cada esquina de la casa.  

"Tu mundo y el mío nunca se encontrarán, son líneas paralelas que nunca se cansan de verse a distancia."


Mientras hurtabas el placer de mi cuerpo nunca supiste el color del techo, yo sí Marcos.  Nunca supiste el olor de las cayenas al otro lado de la ventana, yo sí Marcos.  Nunca escuchaste los perros, yo sí Marcos.  Nunca escuchaste al platanero ni al que compra hierros viejos, yo sí Marcos. Cuando te parabas de la cama lo primero que decías era “tengo hambre”.  Por eso, en parte, nunca confié en tus palabras porque si recién me acababas de comer viva y habías bebido inagotablemente del elixir de la vida entre mis piernas, ¿cómo diantre podías tener hambre? ¿O es que nunca te diste cuenta de toda la energía que me costaba amarte?  Si había alguien con hambre debí haber sido yo.  Por qué mentirte como lo hacía cada vez que hacíamos el amor, viendo cómo me sacabas todo lo que tenía por dentro.

            Te escribo estas media verdades cuando estás al otro lado del mundo, del cual no quiero que vuelvas.  Por lo menos no vuelvas a buscarme, no vuelvas con nuevas (o viejas) promesas.  Séis mil setecientos kilómetros me separan físicamente de ti, pero para mi son séis mil setecientos mundos, porque en el otro mundo, en el sensato, el real, el de cada día, el de no tener nada y desearlo todo, en ese mundo mío, muy mío, ahí vivo con mi distancia.  Tu mundo y el mío nunca se encontrarán, líneas paralelas que nunca se cansan de verse a distancia.  Entre tú y yo hay demasiados espacios vacíos de por medio que nunca se llenarán y, Marcos, más que nada, hay millones de cosas que nunca sabrás y que ni en ésta ni en la otra vida podrás descubrir.  

Como lo dice Zacarías, "es tan difícil", Marcos, pero así es.

Tu Bella.

Viralata


Soliloquios—11
Por José R. Bourget Tactuk


 



            El 18 de octubre pasado a las diez de la mañana un motoconchista cruzó frente al cementerio en dirección a la policía y sin mirar ni a izquierda ni a derecha se encontró en su camino con dos obstáculos.  El primero fue un perro viralata color café con manchas blancas y tuerto del ojo derecho, el segundo fue una gringa despampanante que andaba en dirección al mar vestida de playa y con un gorro de pana de anchas alas.  No le hizo caso al perro y se puso a mirar a la turista con esos ojos de águila hambrienta que sólo las mujeres saben describir bien—“se le salían los ojos como si se la fuera a comer.”  La playista cruzó bien, sin problemas, sin hacer caso al infortunio que estaba a punto de ocurrir. 

            El perro seguía detrás de la turista de larga y rubia cabellera y caminar sensual, como si ella fuera la portadora de mejores y mayores promesas que la que encuentra cada día en los zafacones del barrio codetel.  Como era tuerto del ojo derecho no vió al motorista y no pudo hacer nada ante el encuentro de un conductor embriagado con la rubia cabellera y un perro ciego anhelando el fin de un hambre tortuosa.  El motorista frenó de golpe pero no pudo impedir que el perro sufriera el embate de la rueda delantera, lo que causó el gemido más agudo que perro alguno haya proferido jamás.  Fue tan y tan fuerte que la playista regresó a ver lo que había pasado, 13 clientes que almorzaban en el Paco Cabana salieron a lamentar lo que le ocurrió al perro y hasta dos niñas francesas llegaron quién sabe de dónde para pasarle la mano al atolondrado animal que yacía en el piso con más ganas de morirse que de seguir viviendo.

            La escena era trágica, silentemente absurda y, diría yo, hasta jocosa.  El motoconchista se había caído del motor pesada y dolorasamente, se raspó la rodilla izquierda y botaba sangre.  Cojeaba al pararse y levantó su motor para inspeccionarlo mientras maldecía al malogrado perro.  Nadie le prestó atención.  Si alguno de los gringos que rodeaban al perro miraron en su dirección lo hacían con una mirada maligna, enviándoles rayos y centellas silenciosas pero evidentes, obviamente culpándole por haberle hecho tanto daño al pobrecito rialengo.

            Yo contemplaba la escena desde el otro lado de la calle.  La rapidez con la que acudieron al perro era equitativamente similar a la ignorancia prestada al motoconchista y no me quedó más remedio que concluir que lo que el motorista debía hacer era integrarse a la escena.  Me le acerqué y le susurré al oído diciéndole “lo que tienes que hacer es hacerte el muerto, como si te diera un ataque al corazón a ver qué pasa.”  Me retiré rápidamente y en menos de trenta segundos lanzó un grito al cielo “¡Ay me muero!”, y cayó pesadamente al piso.  Los que estaban alrededor del perro no le hicieron caso, excepto la despampanante turista de sombrero de cana, la que acercándose con su caminarcito modelístico, se arrodilló delante de él, le tocó la frente, el pulso y el pecho, seguido por un sentido y profundo gemido de pesar, de angustia y de simpatía.

            El motoconchista como que reabrió un ojo para verla de cerca y pudo darse cuenta lo que ninguno de nosotros podía.  Esa rubia despampanante no era una turista extranjera, sino un macho de hombre y modelo dominicano, trabajando en Las Terrenas y, en realidad, parte de un equipo de investigación sobre roles de género dentro de la cultura dominicana.  Vestía de mujer rubia y despampanante para observar y registrar las reacciones comunes a las percepciones que podría producir entre sus observadores.   Lo que ocurrió a continuación no lo esperaba nadie, pero el motoconchista se paró con expresiones disgustadas, “¡Apártate de mi mardito er diablo!” alcanzó a decir entre muchos otros improperios.  Agarró su motor y se largó de ahi más rápido que de carrera.  

            La rubia despampanante se paró, pasó sus manos sobre su playera como despolvando los insultos recibidos y volvió al grupo de personas que prestaban primeros auxilios al perro.  Ya para ese momento habían decidido que no le iban a dar respiración boca a boca al perro sino llevarlo a un veterinario.  Uno de los clientes del restaurante fue a su coche, lo acercó al grupo y allí entre cuatro personas montaron al pobre perro que seguía con vida pero muy escasamente.  Dos personas más se montaron junto al perro y arrancaron en dirección quién sabe adónde.  En ese preciso momento llegó un Amet y demandó “¿qué pasa aquí?”  Ninguno de los extranjeros respondió pero un limpiabotas de la plaza le dijo, “una tipa rara, alta y con un sombrero grande le dió una patá a un perro rialengo y se lo llevaron de aquí unos gringos?” “¿Y dónde está la gringa?” respondió el Amet.  “Y yo qué sé,” dijo el limpiabotas y ahi se quedó todo.

            Errar es humano, ser perro y ser tuerto es divino.

Hombre Bello


Soliloquios—10
Por José R. Bourget Tactuk





No, no son los terreneros, pero se parecen mucho a ellos ya que son coquetos, vanidosos y grandes bailadores (ver trailer en http://www.youtube.com/watch?v=NVaShWV79PU).

Son también grandes caminantes, siguiendo la lluvia y acampando cada par de días con sus vacas Zebú.  Al final del trayecto celebran una semana de fiestas alrededor de dos tipos de danzas particulares, la Yaake y la Geerewol, como parte de los concursos de bellezas en la que sólo los hombres solteros participan.

Los hombres concursan usando maquillaje muy bien elaborado, se cubren de plumas y adornos y demuestras sus destrezas en la Yaake, cantando y danzando.  Una vez preparados por sí mismos se unen hombro con hombro y empiezan su danza, todos alineados con la pinta de los pies hacia delante para mostrar su altura y su encanto con exageradas expresiones faciales y sonidos.  Giran sus ojos, las mejillas les tiemblan, y lucen el brillo de sus dientes impecablemente blancos. Sus mejillas se inflan como un pez, giran los ojos a la derecha y a la izquierda como símbolo de su talento.  Mientras tanto, los ancianos del grupo se acercan para burlarse de los bailarines en un intento de obligarlos a esforzarse más y mostrar más de su magnetismo. 

Los hombres están siendo juzgados por su encanto, magnetismo y personalidad. No es necesariamente el hombre más hermoso el que gana el Yaake, pero sí es el que tiene más "Togu", o lo que es igual, magnetismo y encanto, el que saldrá  vencedor. De hecho, las jóvenes que fungen como jueces en dichos concursos pueden sentirse libres de ir y pasar la noche con los concursantes y los comparan…a otros concursantes.

¿Quiénes son?  Son los Wodaabe y son uno de las grupos étnicos más antiguos y más puros del Africa, viviendo migratoriamente entre el sureste de Niger y Africa Central en el corazón del Sahel.  Los padres casan a los pequeños en los llamados matrimonios de conveniencia (koogal), pero también practican el matrimonio por amor (teegal), por lo que aunque estén casados tienen libertad de unirse a otras personas por amor y a su elección.  No sólo son polígamos sino que sus mujeres pueden tener relaciones sexuales con quienes quieran y cuando quieran.  (Para encontrar las fuentes de estas informaciones y mucho más haz una búsqueda en el internet bajo el nombre Los Wodaabe).

Los Wodaabe hablan el Fula y no tienen lenguaje escrito.  Como sólo se casan entre clanes Fulanes se han preservado étnicamente puros llegando a componer un grupo migrante que no superan las 50,000 en total.  Al igual que todo grupo cultural en el mundo mantienen sus tradiciones y costumbres particulares.  Los Wodaabe enfatizan el valor en ser reservados y modestos (semteende), la paciencia y la perseverancia (munval), el cuidado y la prevision (hakkilo) y también la lealtad (amana). 

Curiosamente, a los nuevos padres no se les permite hablar directamente a sus primeros dos hijos, quienes quedan bajo el cuidado de los abuelos.  Un esposo y esposa no se pueden tocar, ni tomarse las manos, ni hablar de nada personal durante las horas del día.  Por otro lado, las mujeres casadas que no están contentas con sus esposos actuales son libres de elegir a otro hombre escapándose con él, pero si ella sale de su matrimonio debe dejar a sus hijos detrás también.  Sea una mujer casada o soltera, la nueva pareja que se ha escapado puede matar una oveja, la carne asada la comparten antes de ser capturados por la familia (o esposo) de la niña o mujer y asi se confirma el nuevo matrimonio.  

En Las Terrenas los hombres y las mujeres hacen lo mismo, pero como no hay suficientes ovejas para todos basta con un filete de dorado, papas salteadas y un buen trago de ron.

Mujeres sin placer


Soliloquios—9
Por José R. Bourget Tactuk





No hay mujer dominicana (u hombre) a la que se le pueda quitar su derecho al placer sexual.  ¿Se imaginan ustedes tener relaciones sexuales sin placer?  No me refiero a la actividad sexual ocasional que a veces no produce placer en la mujer, sino a la constante, perenne y constante condición de simplemente no poder disfrutarlo.

Cada día (así es, CADA DIA) más de 6,000 niñas entre la lactancia y los 15 años, sufren un procedimiento llamado “ablación ritual genital” o “mutilación genital femenina” (MGF), eso equivale a 1 niña cada 15 segundos.  Es un ritual cultural practicado principalmente en el Africa pero también en el Asia, en Europa y en los Estados Unidos, principalmente entre tribus Africanas y entre subgrupos pertenecientes a la cultura musulmana, por medio del cual se usan cuchillos, navajas y hasta tijeras para remover parcial o totalmente el clítoris, labia y vulva.  La razón principal es impedir que la mujer tenga placer sexual y de esa manera mantenerla fiel y subyugada a su marido. 

De acuerdo a la Organización Mundial de la Salud (OMS) unas 140 millones de mujeres alrededor del mundo sufren las consecuencias de la MGF, 92 millones de las cuales viven en el Africa.  Me acuerdo que mi amiga Hawa, oriunda del Sudán, quien trabajaba en las Naciones Unidas y había sufrido ese procedimiento cuando tenía 12 años.  Ya educada y trabajando en los Estados Unidos rogaba a sus padres que no permitieran que su hermanita menor, Fata, sufriera el mismo procedimiento, a lo que después de muchos argumentos accedieron a no hacer.  Sin embargo, Fata era burlada y marginada en la escuela por ser “diferente” a las demás niñas que habían sido mutiladas.  La presión social fue mayor y, finalmente, Fata rogó a sus padres que la llevaran a ser mutilada hasta que finalmente accedieron. 

El caso de Fata revela lo que ocurre con muchas culturas cuando hay tradiciones y rituales tan poderosos culturalmente que son difíciles de cambiar o de abandonar.  En Somalia, donde se practica la MGF de manera más radical, a las mujeres se les “afeita” todo, dejando el área púbica totalmente plana y, en algunas instancias, le cocen la entrada a la vagina dejando solamente un pequeño espacio para la orina y para la sangre menstrual.  La primera relación sexual de estas mujeres es muy dolorosa e igualmente lo es parir, por lo que no es de extrañarse que muchas mujeres mueren en el parto por desangre. 

Además de la pérdida del placer, la MGF puede producir incontinencia, quistes, disfunción sexual y profundas laceraciones sicológicas y emocionales.  Eso no impide, sin embargo, que cada año unos dos millones de mujeres sufran el procedimiento en paises que incluyen algunos de Latinoamérica además del Asia, Europa y, principalmente, el Africa.  En Europa y América del Norte el procedimiento es ilegal pero se practica a escondidas para cumplir con tradiciones culturales ancestrales.

La MGF no se practica en la República Dominicana aunque hay otros tipos de laceraciones físicas, sicológicas y emocionales.  Las séis hijas del hombre en Samaná que las violó porque él “las crió y tenía derechos a gozarlas primero” es un caso, como lo es el caso de padres en esta comunidad que “alquilan” provisionalmente sus hijas a gringos a cambio de dinero, de un piso de cemento, de una nevera, o de una renta mensual de 5,000 pesos.  El padre que violó a su hija de 14 años y la encargó a ser prostituta para que tuvieran “algo de qué vivir’ también produjo profundas laceraciones.  Dos tercios de las violaciones a mujeres en la República Dominicana son provocadas por familiares y personas conocidas de las niñas y jovencitas y, según datos recientes, el 90% de las denuncias de violaciones sexuales tienen que ver con menores.

A veces pienso que hay una guerra fría, silente pero perniciosa, en contra de la dignidad de la mujer y de nuestras niñas y es una guerra en la que toda persona de conciencia y de valores debe saber qué hacer.  ¿Lo sabes tú?

Carta Abierta Para los Concejales

  Carta abierta a los concejales de Las Terrenas CONCEJALES PARA UN FUTURO MÁS CERTERO Por José Bourget, comunitario Querid@s Concejales: Si...