lunes, 20 de noviembre de 2006

Costo Social

Los que vivimos en un país pobre tenemos dos opciones: volvernos ciegos o actuar ante lo que vemos. .
Volvernos ciegos significa que la pobreza ni nos importa ni es culpa nuestra. En nuestra ceguera comemos, bebemos y dormimos pretendiendo que todo sigue normal, que nuestro mundo está protegido y que nuestros bienes, ensueños y vida son parte esencial de nuestro paraíso, al que ni los pobres ni la pobreza pueden alterar. Nos podemos quejar de muchas vainas: de la luz y del agua, de la basura y del ruido, del gobierno y de los mosquitos, de los precios y del cambio del dólar y de los euros; pero, al fin y cuentas, todas las realidades de una sociedad pobre, incompleta y frágil, nos corren sobre la piel como lluvia sobre el techo, empapando el ambiente pero sin mojarnos.
Actuar ante lo que vemos implica reconocer el costo social en nuestro diario vivir. Usted sabe que en cualquier momento la persona que le ayuda en la casa va a tener una necesidad especial (enfermedad, escasez, hambre) y usted ayuda. Si usted está construyendo un proyecto o una villa, usted sabe que sus empleados necesitan esa quincena y que si usted se tarda se van a perjudicar muchos otros (incluyendo colmados, escuelas y la factura de la luz eléctrica), por eso usted paga al día y paga justamente. Y como residente aquí, usted también se preocupa por el bienestar de la comunidad, apoyando iniciativas de desarrollo, ayudando a mejorar las cosas, proporcionando fondos para proyectos específicos y/o creando nuevas oportunidades para el progreso. Aunque quizás no haga grandes cosas, usted comprende que aún lo poco que usted pueda hacer es parte del costo social que resulta por el vivir en un país pobre.
Vivir ciego o tener visión revela la naturaleza de las personas. Yo estoy convencido de que nuestra comunidad tiene muchas personas de gran visión. Son personas que ayudan y que están comprometidas con la gente y con el pueblo. No sólo viven en su paraíso sino que ayudan a que otros también disfruten de lo mismo. Yo doy gracias cada día por las muchas personas, nacionales y extranjeras, que tienen visión y que ayudan a que nuestra comunidad mejore y a que eche pa’lante.
Lamentablemente hay muchas otras personas que son totalmente ciegos y viven completamente dentro de la burbuja de su apatía. Los escucho decir atrocidades de los dominicanos, de los extranjeros, del gobierno y de todo lo que existe aquí. Sin importar su nacionalidad se amparan bajo la crítica constante. Pero, ¡carajo! ¿qué hacen aquí? Váyanse para Santo Domingo, Nagua, San Francisco, París, Roma, Frankfurt, Madrid o de donde diablos sea que vinieron. Si sólo vinieron a existir dentro de su burbuja no añaden nada, sólo gastan el aire que respiran y la arena que pisan.
La verdad es dura. Hay tantas posibilidades de ayudar a mejorar las cosas porque, señores y señoras, la comunidad en la que vivimos ha sufrido una transformación traumática, fruto del desarrollo excesivo, acelerado y sin planeamiento que ocurrió muy por encima de la capacidad de ajuste y de absorción del pueblo y de sus organismos. Es también una comunidad huérfana de una gerencia municipal adecuada porque lo que la comunidad necesita no son parches sino transformaciones profundas y fundamentales, la que sólo se puede lograr por medio del uso de la inteligencia colectiva, del fomento y fortalecimiento de los organismos de la sociedad civil y de una gerencia transparente y participativa.
Las Terrenas necesita urgentemente de hombres y mujeres, de iglesias y de pastores, de gerentes y empresarios, de educadores y de profesionales que no estén dormidos ante las profundas transformaciones sociales que nos impactan. Nos estamos llenando de problemas como la delincuencia que bordea al franco terrorismo social, el tráfico y consumo de drogas infrenables, la explotación sexual beligerante, una corrupción administrativa que muchos condonan, el impago de impuestos por parte de muchos dominicanos y extranjeros, la violación a las leyes y la presencia de profesionales de la ley que no saben ni por dónde empezar un caso, el desastre del tránsito motriz que casi cada semana cobra piernas o vidas y, finalmente, la imperante inseguridad ciudadana que ha hecho que muchos cojan sus maletas y se vayan y que muchos otras hayan decidido no venir. Si las cosas siguen como están en apenas dos años aquí no se podrá vivir y ¡cuánto lamentaremos habernos comido hasta los huesos a la gallina de los huevos de oro!
La raíz del problema es compleja y no está en un solo sitio sino en todas partes. Por eso es que hay que comenzar a ver y a actuar. Las Terrenas clama por hombres y mujeres de visión que estén dispuestos a cubrir el costo social en nuestra comunidad, antes de que nos lleve la mismísima ciguapa de la descomposición social total.

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