viernes, 13 de julio de 2007

Arboles


Al final de mi calle hay un árbol de mango. Mejor dicho, había un árbol de mango porque ahora está totalmente seco. Cuando me mudé a este barrio hace cuatro años y medio me acuerdo lo frondoso que era, cómo todos los niños del barrio y de otros barrios venían a tumbar mangos en temporada y también cuán amplia y frondosa era su cobertura. Es una pena que ya no sea lo mismo. No sé si lo secaron o se secó, pero dejó de ser y ahora lo que quedan son las ramas y un tronco seco y despavorido, como un fantasma en ático olvidado.
No es el único árbol fallecido en nuestra comunidad. En la callecita donde antes estaba la Ferretería Europea había un árbol gigantesco, creo que de mango también, el cual también se secó, o lo secaron, y ahora lo que queda es un tronco erguido pero muerto por dentro, como el cadáver de un gigante que sin importar su estatura se sabe que ya no es ni nada ni nadie.
Una vecina nuestra, doña Cristina Núñez, respondió a nuestra pregunta sobre qué extrañaba más de su niñez en Las Terrenas diciendo que “los árboles.” Nos decía ella que podía identificar los lugares donde antes habían árboles frondosos, a veces preñados de mangos, otras veces de hojas, pero siempre un lugar bajo el cual la gente jugaba, jugaba dominos, se sentaban a charlar y se convertía en una zona de juego natural para niños y jóvenes. “Están casi todos desaparecidos,” nos dijo una tarde “y me da mucha pena,” concluyó.
A mi también me da mucha pena. Arboles idos y desaparecidos son como amores olvidados, no quedan de ellos ni siquiera la esperanza de un recuerdo; a veces confundimos realidad con magia y nos damos cuenta que quizás nunca existieron. Pero un árbol deja una huella difícil de olvidar. Sobre sus troncos se escribieron memorias, en sus ramas colgamos las risas de muchos juegos, bajo su sombra contemplábamos cómo el mundo se abría ante nuestros ojos. En esa mezcla mágica de tierra, hojas secas e insectos aprendimos muchas cosas y una de ellas fue nunca imaginarnos que ese mismo espacio iba a desaparecer.
Cuando crecía en Constanza me acuerdo que en el parque municipal había un flamboyán que a costa de tantos juegos y abusos infantiles se quedó chiquito, como un tapón de naturaleza prisionero de una esquina, sobre el cual saltábamos, jugábamos al topao y desarrollamos las mejores destrezas motoras que cuerpito alguno pudiera desarrollar. Yo era rey en ese árbol. Jugando al topao nadie me podía ganar y conocía cada rendijo de su espacio como también de dónde tirarme o dónde esconderme cuando venía el cuidador del parque a tratar de echarnos mientras blandía una ramita pelado azuzada sobre nosotros como queriendo decirnos “si te agarro te voy a dejar una marca de toda la vida.”
Quizás convenga recordar las palabras de la composición de Alberto Cortés (quien viene al pais junto a Pablo Milanés a principios de agosto), titulada “Mi Arbol y Yo”:

"Mi madre y yo lo plantamos
en el límite del patio
donde termina la casa.
Fue mi padre quien lo trajo,
yo tenía cinco añosy él apenas una rama.
Al llegar la primavera, abonamos bien la tierra
y lo cubrimos de agua;
con trocitos de madera,
hicimos una barrera
para que no se dañara.
Mi árbol brotó...mi infancia pasó...
Hoy bajo su sombra
que tanto creció...
tenemos recuerdos
mi árbol y yo.

Con el correr de los años,
con los pantalones largos
me llegó la adolescencia.
Fue a la sombra de mi árbol,
una siesta de verano,
cuando perdí la inocencia.
Luego fue tiempo de estudio,
con regresos a menudo
pero con plena conciencia
que iniciaba un largo viaje,
sólo de ida el pasaje
y así me ganó la ausencia.

Mi árbol quedó y el tiempo pasó...
Hoy bajo su sombra
que tanto creció...
tenemos recuerdos
mi árbol y yo.

Muchos años han pasado
y por fin he regresado
a mi terruño querido.
En el límite del patio,
allí me estaba esperando,
como se espera a un amigo.
Parecía sonreírme, como queriendo decirme:"
"Mira, estoy lleno de nidos"
"...Ese árbol que plantamos
hace tantos, tantos años,
siendo yo apenas un niño.

Aquel que brotó
y el tiempo pasó....
Mitad de mi vida
con él se quedó.
Hoy bajo su sombra
que tanto creció....
Tenemos recuerdos...
Mi árbol y yo.”

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