miércoles, 1 de julio de 2009

La Dulce Pasión de la Naturaleza

La naturaleza es eterna.
Cuando nosotros ya no estemos la naturaleza continuará.
Nosotros pasamos, nuestros hijos quedan y con ellos la naturaleza que les dejamos atrás.
Amar nuestros hijos es amar a la naturaleza que tenemos hoy, para que así perdure para ellos.
Amarnos a nosotros mismos significa que amamos todo lo que nos rodea: el sol, las nubes, la lluvia, la luna, los árboles, los ríos, las cañadas, las cuevas, la arena, el aire, las montañas, los valles, las lagunas, los manglares, los humedales, los corales, los peces, las aves y, sobretodo, el zurco pasional del sol cuando recorre el cielo besando el azul eterno del universo.
Eso es amor.
El mayor egoísmo es pensar que todo nos pertenece y que tenemos derecho a hacer con todo lo que nos venga en gana.
En verdad nada trajimos a este mundo y nada llevaremos con nosotros cuando nos despidamos al inmenso vacío eterno.
Cuando nacemos desnudos y cuando nos pudrimos al morir la naturaleza continúa.
La naturaleza llama nuestros nombres cuando nacemos y nos susurra palabras de esperanza al morirnos.
Es la naturaleza la que nos da el primer beso de vida y es la naturaleza la que nos da el último abrazo que recordamos a través de la eternidad.
Amar es el regalo más sublime que nos ha dejado la naturaleza.
Cuando amamos copiamos lo que la naturaleza nos ha enseñado.
Y poco a poco, lenta o rápidamente, aprendemos que somos mejor mientras mejor cuidemos a la naturaleza.
Cuando proteges a la naturaleza le devuelves una minúscula parte de la inmensidad que ella ya te ha dado a ti.
Seamos buenos hijos e hijas.
La naturaleza siempre nos espera, con el alma abierta, el cálido abierto y amante de quien sabe lo que deseamos, lo que necesitamos, lo que ansiamos, lo que somos…
La naturaleza es la amante que todos deseamos tener.
Salve, bendita naturaleza!

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