martes, 21 de febrero de 2012

Injusticias y Salud Mental


            La reciente condena a 30 años del Sr. Eleuterio Marti Gil  por la violación sexual y muerte de la niña de 3 años Yolenni Capellán Cordero del municipio de Sánchez ha despertado en muchos el sentimiento de que se ha hecho justicia.  Es una condena merecida y entre muchos cunde la creencia de que una vez en la cárcel muchos reos se harán cargo de que el inculpado recibirá otros tratamientos que podrían ser mucho más penosos.

            Lamentablemente ninguno de esos hechos regresará a la vida a la menor ni evitará que los daños percibidos, físicos y emocionales, sean olvidados por los familiares y relacionados.  Los que trabajaron para hacer posible la condena sentirán satisfacción y el sentir de que se  hizo lo posible por remediar una situación profundamente penosa, escandalosa e irreparable.

            No puedo dejar de pensar en las circunstancias y factores personales dentro del contexto social  del inculpado.  Aparentemente tenía un largo historial de abuso sexual contra familiares—inclusive su propia madre e hijas, alegadamente—y nadie en su justo juicio podría considerar que dicha conducta cae dentro de los parámetros de lo normal.  Las comunidades pequeñas saben todo de todos.  Los familiares, los vecinos, los miembros de iglesias, los maestros y maestras, los políticos tienden a saber cosas y, muchas veces, saben cosas a lo ancho y profundo de la vida de personas como Eleuterio. Es obvio que se trataba de una bomba humana lista a explotar estrepitosamente, como efectivamente lo hizo. (Izq., "El Grito", de Edward Munch).

            Eleuterio no es el único caso tal en este pais.  Aquí en Las Terrenas muchos saben de casos de personas (nacionales y extranjeros) con historiales similares o comparables y éstas andan en las calles, tienen negocios y hasta son sobrellevados pacientemente por los mismos afectados, tal como Eleuterio fue sobrellevado por sus vecinos y familiares.  ¿Por qué?

             La primera respuesta es la cultura de impunidad imperante, la que pervade la vida pública, social, política y hasta religiosa.  El dominicano promedio piensa que a los malos hay que dejarlos tranquilos y que los hechos malos no seránc castigados, por lo tanto nada se puede hacer sino sufrir las cosas estoicamente.

           La segunda respuesta tiene que ver con una sociedad carente de servicios de salud, sobretodo salud mental.  Para mi es obvio que una persona con un perfil como el de Eleuterio debió ser llevado a un sicólogo o a un siquiatra, debió recibir atenciones de un trabajador social y debió, inclusive, recibir atenciones clínicas propias a su caso.  En nuestro pueblo hay decenas de personas meritorias de servicios de salud mental y en el pais hay miles en igual condición, pero estamos a años luz de distancia de un política de salud pública aceptable, digna y relevante a nuestra realidad social.  Eleuterio es uno de muchos que viven con profundos trastornos de personalidad, con valoraciones mentales inaceptables y con conductas nocivas al bienestar familiar y social y, sin embargo, no se hace lo necesario para corregirlo o para tratarlo clínicamente.  Inclusive, aunque sus familias son a veces los primeros afectados ellos tienden a defenderlos y a protegerlos y, como es costumbre de todo buen dominicano, aprenden a sobrellevar las penurias de algo considerado irreversible.  Si tuviéramos un servicio de salud pública aceptable, si tuviéramos mecanismos de intervención adecuados, es probable que el caso de Sánchez nunca hubiera ocurrido.

            Finalmente, de este hecho debemos aprender que los que más sufrirán son los más frágiles socialmente:  los menores, los ancianos, los más pobres, los desposeídos y los menos educados.  Cada vez que veamos un caso similar acordémonos de que alguien inocente, alguien frágil, alguien débil sufrirá el mayor peso del infortunio.

            A todos nos toca la responsabilidad de despertar ya que el caso de Eleuterio debiera ser trompeta de alarma para nuestras conciencias.  Miremos a nuestro alrededor y vamos todos a ponderar las acciones que deben tomarse para evitar que se repitan las injusticias sociales que ya conocemos.  La injusticia contra uno es injusticia contra todos y la injusticia social y moral son las fuentes de las peores condiciones sociales en cualquier sociedad.  

            El caso de  Yolenni no se puede repetir y para evitarlo es necesario que tú y yo actuemos para cambiar las condiciones sociales que lo causaron.

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