lunes, 12 de junio de 2006

Dominicanos

Para saber si la piña está agria hay que darle una mordida. No importa lo bonita que se vea, no importa sus colores y olores, su tamaño y forma, lo que vale es cuando se le mete los dientes.

Algo que yo he oído mencionar mucho, tanto en la radio como en la televisión, entre amigos y de boca de muchos extranjeros, es que los dominicanos somos una gente alegre, sencilla y hospitalaria. Igualmente somos la gente más llevadera del mundo. Soportamos abusos, molestias, descortesías y maltratos como si cualquier cosa. De hecho, al mal viento ponemos mala cara y aunque ese maldito motor se nos metió en el medio, el carro nos echó lodo y el vecino me tira la basura en el mismo frente de mi casa siempre lo recibimos con sonrisa, disculpamos al ofensor y seguimos adelante.

Sugiero explicar las razones detrás de esa conducta. Primero, todos podemos recibir el calificativo de ofensores de igualdad. O sea, que no es sólo una parte de la población la que ofende al vecino, al transeúnte, o al prójimo, sino que todos lo hacemos y, por lo tanto, si tú me ofendes hoy y yo estoy destinado a ofenderte mañana es entonces mejor tomarlo de buena forma porque así, a largo plazo, resultan mejor las cosas.

Segundo, este es un pais pobre, aún en desarrollo y carente de cierta calidad en los servicios básicos. ¿Quién en este pais no ha tenido que bañarse una que otra vez con una cubeta y un jarrito? ¿Quién no ha tenido que comer a oscuras? ¿Quién no se ha tenido que montar en un motoconcho, camioneta, camión, patana y hasta burro, para poder llegar a su destino? ¿Quién no ha tenido que ir a un hospital o clínica donde no se encontró ni doctora, ni enfermera, ni medicinas para atenderlo y, por lo tanto, tuvo que salir huyendo por ahi a ver qué se hace? ¿En qué otro pais del mundo la profesión de "vivo" se reconoce como categoría oficial, reconocida oficialmente por empleadores, padres y vecinos? Cuando uno dice "ese es un vivo" es hasta un piropo. Señores, en este pais todos hemos tenido que ser "vivo" en un momento a otro, o nos hubiéramos caído muertos allí mismo.

Tercero, hay algo romántico en esa imagen del dominicano como tipo que es capaz de aguantarlo todo, de sufrirlo todo, de adaptarse a todo. El hombre busca a la mujer que no sea muy "parejera," que se meta donde hay que meterse y que prepare comida con lo que hay, usando lo que se pueda. ¿En cuál otro pais existen ciudadanos que si le dan un palo se vuelven para que le den otro palo en el otro lado de la espalda? El obrero está acostumbrado a que el jefe le robe su salario, no le dé beneficio y aún así vuelve a la misma persona para que lo engañen otra vez. El comerciante sabe que para echar pa'lante tiene que vivir cogiéndole a uno para resolverle a otro, que no hay garantía de que lo que le entregaron tiene la calidad ofrecida y que el nivel de pérdida puede ser alto, pero aún así "algo se le va a ganar."

Finalmente, nos abraza una religión común que enseña que el reino de los cielos es de los pendejos. O sea, "aguanta ahi que tu recompensa está en el reino de los cielos." A la mujer a quien el marido la llenó de moratones, "aguanta ahi que el Señor proveerá y te cuidará." Los niños que no comieron porque el papá se bebió to' los cuartos, "aguanten ahi, carajo, que aquí no hay na', salgan por ahi coñ- y encuentren algo pa comer." La mujer que tiene que "bu'cársela por ahi" para sostener a hijos, madre y su propia casa "es una santa" o una "tígera", pero, a fin de cuentas, mujer.

Este pais está lleno de gente valiente, fuerte y astuta. Puede que no sepamos leer ni escribir, pero sabemos buscárnolas. Arreglamos lo que sea, reparamos lo que sea, hacemos lo que sea, quizás mal hecho, quizás imperfectamente, pero lo hacemos. No nos ponemos con parejerías sobre si los platos están sucios o si el lugar es una pocilga; no, comemos donde quiera.

Claro está, no todos somos así. Para algunos los estándares son mucho más altos, las expectativas diferentes; y algunos que "ascendieron" de escala socio-económica jamás en la vida pueden volver atrás. Ese hombre que ya dejó de ser obrero tiene que buscársela para asegurarse de que nunca más vuelva al lugar de donde salió. Esa mujer que era pobre y ahora es de clase media no puede permitirse lavarse y secarse el pelo ella sola, tiene que ir al salón, emplear a una doméstica para que limpie los sanitarios y cocine y para que cuide a los niños. Con nuestro progreso hacemos malabares, para buscar la mejor vida posible, para darnos el gusto de mostrar lo que tenemos y para, claro está, disfrutar lo más que podamos.

Entre lo que vemos entre los dominicanos aquí y lo que existe realmente entre todos los dominicanos hay un largo trecho. O sea, que hay de todo, en todas las variedades habidas y por haber y en todas las formas y colores. Somos una sociedad muy compleja, mordida dolorosamente entre clases sociales y castigada sin piedad por el vaivén de corrientes partidistas. Al fin y al cabo, todos sí buscamos lo que buscan todas las personas alrededor del mundo—la felicidad, la tranquilidad, la satisfacción de nuestros deseos más profundos. Que algunos vivamos engañados es una cosa, lo cierto es que la búsqueda en una sola, es universal y se nos presenta de diversas maneras.

A ti, compatriota dominicano/a te saludo de corazón. Claro está, hay mucho que podemos hacer aún para mejorarnos a nosotros mismos y para aprender a aumentar nuestra calidad de vida; pero, al abrir los ojos cada día veo héroes y heroínas enfrascados en la lucha nuestra de cada día, brindando apoyo y fuerzas al débil, escuchando al que necesita hablar, compartiendo con el que busca compañía, sirviendo al más debil. A mi alrededor, veo grandes esperanzas y amplios sueños y veo a tanta gente con tanto amor. Sobretodo veo mucha belleza en alma y corazón. Tengo fe en mi gente y creo que de lo mejor que tenemos seguiremos dando. ¡Salve pueblo dominicano!

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