lunes, 12 de junio de 2006

Lavando en el Río

Cimbapo ci li peka; ci li kutima ku cimbipo.
"No vale la pena tratar de cambiar la mente de un testarudo."
Proverbio de los Umbumdu de Angola (Africa)

Hace varios años estaba en Namibia, en el sur del continente africano, conversando con una colega quien me contó una de esas historias que guardan lecciones para toda una eternidad.

Me relataba que a una comunidad que conocía le llegó una voluntaria a trabajar en la escuela de la aldea. La voluntaria daba clases de inglés, colaboraba con los grupos de madres y prestaba apoyo a otras iniciativas comunitarias. La voluntaria había observado que las mujeres iban dos veces a la semana al río a lavar sus ropas y dentro de poco comenzó a pensar que era una pérdida de tiempo muy grande. Sólo compartió sus sentimientos con un par de personas las cuales, como era de esperarse, lo compartieron con otras tantas personas y, dentro de poco, pues la gran mayoría de la gente ya sabía sobre lo que ella pensaba.

Nada de importancia ocurrió durante las primeras semanas de estadía de la voluntaria, pero un día, en una reunión comunitaria, la voluntaria explotó. En medio del público comenzó a criticar la costumbre, argumentando que las mujeres gastaban demasiado tiempo lavando unas cuantas piezas de ropa, que debían pasar más tiempo trabajando en otras alternativas para ganarse su sustento y de que le estaban dando un muy mal ejemplo a las niñas y señoritas de la aldea quienes debían aprender de sus mayores mejores hábitos de trabajo y de vocación.
Todos se sintieron un poco transtornadas y hasta ofendidos por la situación sobretodo tratándose de una persona que no era de ahí, pero no dijeron nada, sólo que salieron del lugar frustrados y acongojados un poco.

La voluntaria sintió que había cumplido con su deber de "decir la verdad," de advertirles sobre un mal que dañaba, según ella, el porvenir de la comunidad y de haber cumplido con lo que ella sentía era su deber como participante activa en el bienestar de la comunidad.

Nada nuevo ocurrió hasta varias semanas más tarde cuando una de las mujeres de mayor edad vino a visitar a la voluntaria a su casa. Se sentaron a compartir una taza de té y a charlar un poco. La señora charlaba con ella de varias cosas y entre esas cosas le relató sin mayor importancia lo que había ocurrido ese día en el río, mientras las mujeres lavaban sus ropas. Le decía de la madre que mientras le lavaba el pelo a la hija que se iba a casar pronto también le hablaba sobre cómo mantener la vida familiar, como tratar a su esposo y cómo prepararse para tener hijos. También de cómo algunas mujeres hablaban de la cosecha de café que iban a recoger y de que debían llevar la cosecha a vender a otra aldea porque recibirían mejor precio. También compartieron sus opiniones sobre el jefe de la aldea que recientemente se había casado con su tercera esposa, una mujer 20 años más joven que él y simpatizaban con los sentimientos de la primera esposa que no estaba muy a gusto con la situación. Le relataba también sobre el hijo de una de las mujeres, que había sido enviado al ejército y quien viviría durante el tiempo de su servicio militar en otra aldea, en medio de otro grupo étnico que hablaba un idioma diferente y tenían costumbres diferentes.

En fin, la señora compartió esas y muchas otras cositas que ocurrieron mientras las mujeres lavaban sus ropas. Luego la señora se fué. La voluntaria se quedó en su casa pensando un poco. Poco a poco sintió que su mente y corazón se preñaban con nuevas impresiones e ideas, hasta parir de sopetón todo un arcoiris de profundos sentimientos, algunos de dolor y congoja y otros de comprensión sin igual.

Mi colega me dijo que la voluntaria le confesó más adelante que lo que ella comenzó a sentir era algo nuevo y diferente, porque poco a poco ella comenzó a entender lo que realmente ocurría en el río, mientras las mujeres lavaban sus ropas. Era cierto que las mujeres podrían lavar sus ropas en menos de una hora, pero "ir al río" no era solamente para lavar ropas. Allí, entre piedras y estanques, bajo las sombras de las grandes árboles y en medio del canto, risas y juegos de niñas y jovencitas, las mujeres compartían entre ellas sus vidas, sus sueños, sus necesidades y sus realidades. Allí se mantenían todas informadas, se solucionaban problemas, se compartían recursos, se daban consejos, se aconsejaban entre sí sobre cómo proceder con esposos y con hijos, se enseñaban cómo manejar mejor sus recursos, cómo compartir sus enseres de la casa cuando habían necesidades especiales y cosas por el estilo. Allí se tomaban decisiones que los esposos nunca se enterarían, se tomaban medidas y se solucionaban problemas que sólo ellas sabían; por encima de todo, allí en el río, entre enjuagues y enjuagues, se conocía un mundo paralelo a la vida de la aldea, un mundo tal sin el cual la aldea realmente no hubiera podido existir.

Esa comprensión le llegó a la voluntaria como le llega a uno una calentura desde dentro hacia afuera. Fue algo incontrolable, como un vómito inesperado, colvulsionando las entrañas, los tuétanos y los huesos. Y cuando todos los tremores hubieron pasado la voluntaria nació a una nueva realidad de sí misma, de dónde estaba y de lo que estaba sucediendo.

Al día siguiente cuando las mujeres de la aldea llevaban sus bateas para lavar al río la voluntaria las acompañó. Ese día ella nació a un mundo nuevo de comprensiones, de dichas y pesares compartidos, de sueños y realidades comunes y de esperanzas a flor de piel en cada una de ellas. De ahi en adelante nadie la podía sacar del río cuando las mujeres iban a lavar sus ropas.

Tal como esa experiencia, hay muchas realidades en la vida que nos llegan en un gotero, recibiéndolas gota a gota, para que no nos haga mucho daño. Las grandes sentimientos se suelen "parir," y casi siempre vienen acompañados de dolores de parto; de la misma manera, una vez paridos producen mucha felicidad, porque vemos el comienzo de una nueva vida interior, un nuevo sentir, un nuevo respeto y una mejor comprensión.

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