miércoles, 3 de enero de 2007

Las Artes

En su última novela escrita después de un hiato de diez años, Gabriel García Márquez nos introduce al personaje cumpliendo noventa años y deseando celebrarlo haciendo el amor con una virgen. “Memoria de mis putas tristes” sigue el estilo característico del Gabo, adentrándonos en un mundo mágico e inverosímil, pero al mismo tiempo haciéndonos pensar sobre la magia del deseo y la pasión y sobre la fantasía de lo que nos espera en nuestra propia vejez.
El deseo del nonagenario se realiza, pero sólo hasta cierto punto y no de la manera que esperábamos. Lo que vemos es la entrega a una fantasía y a una pasión algo platónica, sujeta a la contemplación y a la imaginación. Aprendemos del paisaje de la habitación, la textura del pelo, el contorno de los dedos largos de los pies y las premoniciones que ofrece la figura desnuda tendida en la cama. También descubrimos en la mente congestionada por las memoria del viejo, cuyo nombre quizás no es ni siquiera mencionado en el texto, lo que hizo con la doméstica Damiana sorprendiéndola por detrás y cómo dejó plantada a Ximena Ortiz el día de la boda. Estos dos eventos son poca cosa comparados con lo que hizo desde la primera vez a los doce años cuando cayó en manos de una prostituta por error y por sorpresa, hasta sus noventa años, pasando por cada una de sus noches en el barrio chino.
Al final de la novela el viejo clama piadosamente por nuestra comprensión, un empeño revelado en cada hoja de la obra, porque no podemos más que sentir pena y confesar empatía con su traspiés. No es asunto de vejez, es asunto de la vida, porque aunque no tengo noventa años me identifico con muchos de sus soliloquios y con muchas más de sus torpezas y creo que junto a mi habrán muchos otros hombres y mujeres también. El amor es torpe, pero el sexo lo puede ser aún más.
Eso es lo bueno de leer novelas tales, uno revive lo que estaba muerto dentro de uno o crea lo que nunca ha podido existir ni en realidad ni en nuestra imaginación. Imagínese cómo sería si sólo viviéramos de la realidad, porque, ¡carajo!, no sé lo que sería mi vida si no pudiera imaginarme dándole un beso a Jennifer López, hacer el amor con Salma Hayek o irme de parranda con Olga Tañón. Aunque confieso que nada se acerca a lo que me imagino que sería compartir todo un día con Penélope Cruz y no sólo estoy hablando de sexo.
En cuanto a imaginación se refiere, a eso es precisamente a lo que nos llevan la literatura, la música, la pintura, la escultura; en otras palabras, las artes. Nos ayudan a crear una ecología de la cultura, o sea, que así como necesitamos agua y aire, sol, tierra y árboles--la ecología del mundo natural--así también necesitamos los beneficios que nos traen las artes, atrayéndonos al ámbito de lo espiritual y nato al tiempo que encontramos balance con lo crudo y lo primitivo. Comer y sembrar puede cualquiera, pero igualmente todos deberíamos aprender a apreciar lo que se puede contemplar y sentir por medio de una pintura, una escultura, un soneto o una sinfonía.
Confieso que el merengue y la bachata son artes también, pero lamentablemente siempre se les liga solamente a lo más primitivo, a lo carnal, a lo animal, a lo crudo y desnudo, como si éstos fueran el todo de la existencia del dominicano. Para mi el regatón es simple basura, desprovisto de cualquier valor humano; al contrario, lo veo deshumanizante y muy alejado de lo artístico, pero eso es totalmente asunto de opinión personal.
En este país donde reina el merengue y la bachata hay tanto arte (no debemos confundir lo presente o ausente en Las Terrenas, que es sólo un pedacito muy pequeño del territorio nacional), comenzando con la sinfónica nacional hasta los atabales de Cotuí; desde los artesanos en San José de Las Matas hasta los cafetales de Polo en Barahona; desde el colorido de los cocolos de San Pedro a la Cofradía de los Congos de Villa Mella; desde los pintores Ada Balcácer, Silvano Lora, Elsa Núñez, Ureña Rib, Guillo Pérez y Cándido Bidó hasta los poetas Fabio Fiallo, José Joaquín Pérez, Salomé Ureña, el poeta nacional Pedro Mir y mi amigo de crianza René Rodríguez Soriano; desde un Johnny Ventura a un Rafael Solano, o desde un Lope Balaguer a una Maridalia Hernández y a un Juan Luis Guerra (y cientos de otros artistas he dejado fuera!).
En Las Terrenas las cosas están cambiando, poquito a poco, porque ya se avista que el 2007 será un año de despegue artístico y artesanal gracias a las iniciativas de muchas personas privadas que ven en Las Terrenas un potencial artístico y cultural que ya no se puede hacer esperar.
Me confieso ser esclavo del arte, de la fantasía, de la imaginación, del ensueño frustrado por no ser ni músico, ni poeta, ni pintor, ni escultor, ni cantante, ni nada, pero me deleito reviviendo dentro de mi la experiencia de cada uno de los artistas que admiro. Y eso me hace cada vez más rico, más lleno, más errante, más bohemio, más humano.
¡Carajo, que vivan las artes!

(Ilustraciones de arriba hacia abajo: Gabriel García Márquez, pinturas de Ureña Rib, Elsa Núñez y foto de Juan Luis Guerra).

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